Falsamente Seguros

Falsamente Seguros.

Bienvenido a “El Propósito de mi Vida”. Te invito a que inviertas tres minutos de tu tiempo y escuches esta reflexión…

 

Por favor, sigue leyendo.

¿Seguros de una cosa?

Se dice que solamente podemos estar seguros de algo: de la muerte. En un sentido esto es verdad.

Acabas de escuchar una pregunta, ¿estarías preparado para enfrentar al Creador si murieras hoy?

Déjame decirte que algunas personas realmente lo estamos. Estamos preparados para ver al Creador si acaso nuestra muerte llegara hoy mismo. Y aquí es en donde puedo decirte que la muerte no es la única cosa segura que puede haber en este mundo. La seguridad de que al morir estaremos a cuentas con Dios existe, es posible, es una realidad.

Permíteme volverte a preguntar: Si al terminar de leer este artículo, tú murieras, ¿cuál sería tu destino? ¿Cuál sería tu estatus frente al Dios que ha creado todo lo que existe y al cual habrá que rendirle cuentas de manera personal?

No hay atajos, ni sobornos, ni “trucos” para “saltarse” ese momento; el momento de enfrentar a Dios. La Biblia dice que está establecido que el hombre muera una vez y después de eso, el jucio (Hebreos 9:27). Todos deberemos comparecer ante el tribunal de Dios y tendremos que dar cuenta de nuestras acciones, nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestra vida. De todos y cada uno de los minutos vividos en este mundo. ¿Lo habías pensado?

Entonces, si este juicio es inevitable, ¿cuáles serán los parámetros, reglas y leyes que servirán para entablarlo?

Pues si la comparecencia es frente a Dios, entonces son sus leyes las que regiran el jucio. Estas determinarán la clase de persona que fuiste en vida y si mereces la recompensa o el castigo de la justicia.

Tú me podrás decir, “Pero, yo soy buena persona, siempre busco ser un buen ciudadano, nunca he matado a nadie y jamás he estado en la cárcel”. Todo eso suena bien, pero Dios ha establecido sus leyes y no se trata de “lo que yo piense”, sino de lo que soy a la luz de esas leyes.

Hagamos un ejercicio rápidamente con tres preguntas.

1. ¿Has dicho, alguna vez en tu vida, una mentira? No importa si opinas que es “blanca” o “piadosa” o “pequeñita”, solo responde si alguna vez has dicho una, aunque sea una sola mentira… Lo sabía. Y es que todos mentimos, ¿no es cierto?

2. ¿Alguna vez has robado? Seguro que en este momento me estarás diciendo, “Oye, oye, yo no soy ningún ladrón, nunca he robado nada”. No te ofendas, permíteme cambiar la pregunta original por otras diferentes: ¿alguna vez has realizado alguna actividad en tus horas de trabajo, que no sea una tarea por la que tu contrato laboral especifique que te están pagando? ¿Tal vez salir a desayunar sin permiso? ¿Hacer llamadas telefónicas sin autorización? ¿Llevarte un lápiz, un cuaderno, un borrador, algunos clips? ¿Verdad que algo de esto has hecho alguna vez? Y si no trabajas, ¿alguna vez te quedaste con el cambio de algún mandado o encargo? ¿Alguna vez te llevaste un juguete que no te pertenecía? ¿Has copiado alguna tarea o en algún examen? ¿Has tomado alguna pertenencia, por pequeña que sea, que no sea tuya? Todos estos asuntos bien caben en la definición de “robo”. ¡Vamos, se honesto contigo mismo!

3, ¿Has matado a alguna persona? Tal vez jamás hayas ni siquiera tenido un arma en tus manos, pero Jesús dijo que aquél que se enojara e insultara a su hermano (que lo odiara), sería culpable de juicio, tal como si hubiera cometido homicidio (Mateo 5:22). ¿Te has enojado y has insultado y odiado a alguien?

Prácticamente todos lo humanos hemos caído en estos tres problemas. Y si tú eres un ser humano como todos nosotros, entoces habrás llegado a responder que sí, efectivamente, has cometido las tres infracciones que arriba se plantearon. Esto significa que has admitido que eres mentiroso (un mentiroso es el que ha dicho una mentira), un ladrón (el que roba algo sin importar el valor del objeto, es un ladrón) y un asesino (el que ha odiado a alguna persona, aunque sea por un minuto, de acuerdo a Jesús, es un homicida). Y siendo que cada uno de estos tres asuntos corresponden a una ley de Dios, esto significa que has roto las leyes que Dios estableció.

Ahora hagamos un ejercicio matemático. Si cada día desde que cumpliste 3 años de edad, violas tres veces alguna de las leyes de Dios (mentir, robar, odiar a alguien, etc.), cuando hayas alcanzado los 25 años de edad, habrás superado por mucho la cantidad de 20,000 violaciones a la ley de Dios. ¡Veinte mil! ¿Qué tan culpable serías entonces?

Violar un ley de Dios, no hacer su voluntad, se llama pecado. Dios ya había hablado en relación a este asunto. En Romanos 3:23: dice que “todos pecaron” y “están destituidos de la Gloria de Dios”, es decir, que como somos pecadores, no nos alcanza nuestra condición ni nuestros méritos para estar en presencia de Dios. No podremos entrar al cielo y nuestro destino final será el infierno. Este es el destino final porque, ¡somos pecadores!

Bajo estas condiciones, si murieras hoy, en este momento, llegarías a la presencia de Dios siendo pecador (mentiroso, ladrón y tal vez homicida en tu corazón). Si Él te juzgara bajo sus parámetros de moral y de justicia, ¿cómo crees que te declararía? ¿Culpable o inocente?

¡Culpable! Y estarías condenado; lo vemos claramente en Romanos 6:23 “Porque la paga del pecado es muerte”.

Pero hay esperanza…

Esperanza… ¿Segura?

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¡Claro que hay esperanza! Estas son las buenas noticias: Dios te ama tanto, que ha preparado la forma en que puedas ser declarado NO culpable. ¡Sí, es verdad!

¿Sabes cómo es posible esto? Es posible solamente porque Jesús vino al mundo. Si leemos la segunda parte de Romanos 6:23, dice “más la dádiva[regalo] de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Y es que Jesús, siendo Dios, vino al mundo a vivir una vida perfecta con una misión específica: morir en la cruz del calvario para pagar el precio de la muerte que merecíamos. ¡El murió en lugar nuestro! Él no tuvo pecado alguno y no merecía morir, pero entregó su vida voluntariamente (Juan 10:17-18) para satisfacer la justicia de Dios. Pero no pienses que se quedó muerto en la tumba, no; al tercer día se levanto de entre los muertos. ¡Resucitó y está vivo!

Así que Jesús vino al mundo y murió en lugar nuestro para hacer posible nuestra relación con Dios. Solamente a través de su sacrificio y el derramamiento de su sangre, el perdón de nuestros pecados, nuestra nueva relación con Dios y la vida eterna son posibles (Romanos 5:8-10).

El hecho de que fuera necesario que Jesús muriera en la cruz en lugar nuestro nos muestra la condición tan precaria y desesperada en que se encuentra nuestra vida. Siempre decimos que fueron algunos judíos y algunos romanos los que crucificaron a Jesús hace unos dos mil años. Pero en realidad, fueron nuestros pecados, fueron tus pecados los que pusieron a Jesús en esa cruz para que muriera como un criminal, pagando el precio de una culpabilidad que no era de Él sino tuya. En Isaías 53:5 leemos “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”.

Pero en vez de sentirte culpable por la muerte de Jesús, lo que Dios quiere es que te sientas culpable de tus pecados y te arrepientas y entiendas que no fueron los clavos los que fijaron a Jesús en la cruz, sino su amor y el amor del Padre los que lo mantuvieron fijo en ella hasta que entregó totalmente su vida. ¡No hay mayor demostración de amor! Juan 3:16 dice que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” y en Romanos 5:8 dice “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Dios quiere que te arrepientas de tu camino de pecado, que estés agradecido por el sacrificio de Jesús y que entiendas cabalmente el propósito que ha marcado para tu vida.

No hay nadie más a quien podamos recurrir para obtener la vida eterna. Nadie más puede perdonar nuestros pecados, simplemente porque nadie más que Jesús, ha pagado el precio de nuestro castigo muriendo en la cruz y resucitando al tercer día para darnos vida eterna. Jesús dijo “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6) y en Hechos 4:12 leemos “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

¿Cómo aseguro esa esperanza?

Así que puedes encontrar y cumplir el propósito de tu vida, que es vivir en presencia de Dios ahora y por la eternidad, honrándole, adorándole y amándole. ¿Qué vas a hacer ahora? O quizás la pregunta debería ser: ¿Qué vas a responderle a Dios? ¿Qué vas a hacer con Jesús?

Debe quedarte muy claro que aunque la salvación y la vida eterna son un regalo de Dios, el precio que Jesús pago por ello fue tan elevado, que solamente Él, el Hijo de Dios podía cubrirlo. Y aunque es un regalo, finalmente es tu decisión. Como cualquier regalo tú puedes aceptarlo o rechazarlo. Solo tienes dos opciones, no hay alternativa intermedia: O lo aceptas o lo dejas a un lado. O tomas el regalo o te resignas a las consecuencias. Tú decides.

Me preguntarás ¿Pero qué es lo que puedo hacer? ¿Cómo puedo responder? Bien. Hay dos cosas que debes hacer, ahora que ya conoces tu condición y que entiendes cuál es la barrera que te impide disfrutar de tu propósito:

Primero. Has descubierto cual es tu verdadera condición ante los ojos de Dios. Tienes que reconocer que eres pecador y que esto es lo que te ha separado de Él. Necesitas arrepentirte. No basta haber descubierto tu condición como pecador. No basta decir que crees en Jesús. Esto no basta para ser perdonado y tener la vida eterna. Es necesario que des una vuelta de 180 grados. Debes cambiar radicalmente de rumbo. Arrepentirse es sentirse avergonzado y triste por ser pecador, por ofender a Dios y estar dispuesto, por voluntad propia, con humildad y sinceridad, a no seguir ofendiendo a Dios, a no seguir pecando. Por eso es necesario tomar la determinación de dar la media vuelta y dejar la vida de pecado y ofensa a Dios y comenzar a caminar por la senda que Dios quiere que andemos. Necesitas confesarle a Dios todos tus pecados y pedirle perdón por ellos. Así que es necesario arrepentirse, querer caminar en dirección a Dios.

Segundo: Debes creer que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mismo hecho hombre y que vino al mundo a vivir una vida perfecta, sin pecado, con el objetivo específico de morir en la cruz para pagar el precio del castigo que tu pecado te hacía merecer: la muerte eterna; el infierno. Debes creer que al derramar su sangre en la cruz estaba proveyendo el perdón para tus pecados. Tienes que creer que al tercer día resucitó, se levantó de los muertos, venciendo a la muerte y garantizándonos la vida eterna. Creer en esto es lo que se llamatener Fe en Jesús. Es necesario que reconozcas a Jesús como el Señor (Dueño y Rey) de tu vida y de todo lo que existe: que le confieses como EL SEÑOR y como tu Salvador, personal, único, suficiente.

Pero, ¿cómo haces estas dos cosas?
De viva voz, hablando directamente con Dios en oración, con humildad y sinceridad de corazón.

Y entonces, al haberte reconocido como pecador, al haberte arrepentido de tu forma de vida de desobediencia, al haber puesto tu fe en Jesús como el único que puede salvarte por su muerte en la cruz en lugar tuyo y al confesar y declarar a Jesús como el Señor y Salvador de tu vida, estás aceptando el regalo de amor de Dios: estás siendo perdonado y recibes así la vida eterna. Esto se conoce como “nacer de nuevo” pues el “viejo hombre o mujer” dan paso a una nueva criatura, como dice en 2a Corintios 5:17 “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Es importante que entiendas que Él y solo Él es tu Señor y Dueño y que sólo Él puede ser tu Salvador: único, suficiente y personal. Nada ni nadie, ni otras personas, ni alguna imagen, ni las buenas obras aparte de Él, pueden perdonar tus pecados y darte la vida eterna. Dice en Efesios 2:8-9 “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don [regalo] de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

¿Qué sucederá si cumples con esto?

¿Cuáles son las garantías?

Primero, eres justificado. Para comenzar, tus pecados son perdonados. Dice en 1a Juan 1:9 “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. En Romanos 5:1 dice: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Esto significa que ahora Dios te ve como una persona limpia que puede estar en su presencia por la eternidad. Esto es posible gracias al perdón de nuestros pecados que Jesús nos provee a través de su muerte en la cruz. Es solo a través de la fe en Jesús que somos considerados por Dios como no culpables, somos justificados.

Segundo, eres transformado. Dios te da una nueva naturaleza, eres una nueva persona con una perspectiva totalmente renovada. Tu vida adquiere un propósito real. ¿Recuerdas 2a Corintios 5:17? “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Ahora es cuando el propósito de tu vida que comentamos antes comienza a hacer sentido pues tu vieja vida ha caducado; ahora le perteneces a Dios.

¿Y sabes qué más hace Dios por ti?
Él te garantiza la vida eterna en el cielo en su presencia, como leemos en Juan 3:36: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. Además eresadoptado como hijo de Dios. Efesios 1:5 dice que somos adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo. También en Efesios, en el capítulo 2 versículo 19 leemos: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”. Habiendo sido enemigo de Dios, ¡ahora puedes ser parte de su familia!

Entonces, ¿qué debo hacer?

La Biblia dice en Romanos 10:10 que “con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”, por lo que debemos decirlo de viva voz. La forma de hacerlo es a través de una oración. Orar es hablar con Dios y es la forma que nos comunicamos con Él y también es la forma en que le confesamos nuestro arrepentimiento y nuestra fe en su Hijo Jesús.

Permíteme hacerte tres preguntas.

  • ¿Reconoces que eres pecador?
  • ¿Has comprendido que ahora debes aborrecer el pecado y que debes amar la voluntad de Dios?
  • ¿Crees que Jesús murió en la cruz derramando su sangre para perdonar tus pecados?

Si respondiste “Sí” a las tres preguntas, permíteme decirte algo más. En Romanos 10:9-13 dice:

que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.
Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.
Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.
Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan;
porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

Te pregunto ahora: ¿crees con todo tu corazón que Jesús murió por ti y que resucitó, te arrepientes de tu vida de desobediencia a Dios, quieres ahora seguirle a Él y hacer su voluntad y deseas confesarle tus pecados y pedir su perdón, deseas confesar y declarar a Jesús como tu Señor y Dueño sabiendo que Él es el único que puede perdonar tus pecados y salvarte de la condenación eterna?

Si tu respuesta es “Sí”, entonces te invito a que hagas lo siguiente: Busca un lugar tranquilo y de rodillas, habla con Dios y dile todo esto que has entendido y que ahora sabes que debes hacer. Reconoce delante de Él que eres pecador y confiésale todos y cada uno de los pecados que puedas recordar. Dile que estás arrepentido de la vida que llevas lejos de Él y que deseeas obtener su perdón; que entiendes que solamente Jesús, al haber muerto en la cruz y derramado su sangre, puede limpiarte de todo pecado y darte la vida eterna; que has puesto toda tu fe en Él. Dile que confiesas y declaras que Jesús es tu Señor y Dueño.

Sí has hecho lo anterior, ¡Aún hay más buenas noticias! Haz clic aquí y continúa leyendo.

Ahora bien, si aún tienes dudas…
Si hay algo que todavía te impide tomar la decisión de aceptar el regalo de Dios, entonces te pedimos que no te vayas de este sitio sin antes aclarar todas tus dudas. Haz clic aquí y ponte en contacto con nosotros. Escríbenos tus dudas y preguntas junto con tu nombre y correo electrónico y a la brevedad estaremos en contacto contigo. No dejes para después esta decisión que es la más importante de tu vida. Hoy estás aquí, leyendo pero mañana… quién sabe; nadie tiene comprada la vida. Diariamente unas 150,000 personas mueren; cualquiera de nosotros puede estar hoy entre ellas. Decídete ya.