¿Cúal es el propósito de mi vida?

El Propósito de Mi Vida

El Propósito de Mi Vida.

Lo que nos ocurre cada día se llama vida. Es hasta que pensamos en su brevedad que nos hacemos mil y una preguntas acerca de ella. A través de la historia, hombres notables (y no tan notables) han luchado con una misma interrogante.

El secreto de la existencia humana no sólo esta en vivir, sino también en saber para qué se vive.

Fiódor Dostoyevski
Novelista ruso del siglo XIX

Siempre estamos diciendo que queremos vivir, pero cuando tenemos la vida no sabemos qué hacer con ella.

Ralph Waldo Emerson
Escritor, filósofo y poeta de los
Estados Unidos de América del siglo XIX

Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida.

Allan Stewart Königsberg (Woody Allen)
Director, guionista y actor de los
Estados Unidos de América del siglo XX y XXI

Entre nosotros y el cielo o el infierno no hay otra cosa que la vida, la más frágil de todas las cosas.

Blaise Pascal
Matemático, físico y filósofo
religioso francés del siglo XVII

Siempre he sabido que la vida tiene un propósito. Solo espero descubrirlo antes de que se me acabe.


La persona más importante del siglo XXI

 

Así que, ¿compartimos la misma pregunta?

La Pregunta

Todas las personas del mundo nos hacemos siempre las mismas preguntas: “¿De donde vengo?”, “¿Qué es lo que hago aquí?”, “¿Quién soy?” y “¿A dónde voy?”. Y prácticamente estas preguntas se pueden resumir en “¿Cuál es el propósito de mi vida?”.

A veces nos confundimos pensando que el propósito de nuestra vida es equivalente a las metas y objetivos que nos planteamos, pero no es así. Si todos conociéramos ese propósito, el fin último al que debiéramos aspirar, entonces disfrutaríamos de la vida plenamente. Mira, todos tenemos la necesidad de realizarnos, de ser felices, de lograr algo importante en nuestra existencia, sin embargo, no importa todo lo que hagamos, cuanto estudiemos, las horas que trabajemos, los libros que leamos, los cursos que tomemos, los entrenamientos que recibamos, la gente que conozcamos, las relaciones personales que establezcamos; por alguna razón siempre tenemos la sensación de que algo nos falta.

Es una mezcla de vacío y desesperación la que nos hace sentir que nuestro corazón y nuestro ser no están completos y que la felicidad se nos escapa a cada minuto. ¿Has sentido esto alguna vez? Pues déjame decirte una cosa: no estás solo. Hay miles y miles de personas que hoy mismo, en este mismo instante, se sienten vacíos y solos, como quizás tú te estás sintiendo ahora.

No, no es raro ni es cuestión de algún mal mental o falta de deseos de vivir ni nada por el estilo. El problema es que ese vacío no viene de la falta o exceso de dinero, amistad, salud, trabajo, estudios, familia, diversión ni de ninguna de las cosas que pudieras desear en esta vida. Esa sensación viene de un lugar mucho más profundo y es de tu espíritu. Algo falta. Algo se necesita. Pero espera… hay esperanza. Hay una forma de eliminar, de una vez y por todas, esa sensación y ese vacío en tu vida. Sin embargo, hay una barrera muy grande que nos impide ver más allá y pasar a un estado de verdadera felicidad. Esa barrera sí que es un problema y es importante que descubras en tu propia vida cual es esta barrera y el predicamento en que te encuentras, antes de poder iniciar el trayecto hacia el cumplimiento del propósito de tu vida.

La Barrera

Da clic para continuar leyendo...
Ese vacío y esa sensación de soledad no tienen otra raíz que la falta de Dios en tu vida. Dios quiere que conozcas tu propósito y que lo vivas plenamente y quiere que continúes viviendo por la eternidad y a su lado. Sin embargo, como ya te había dicho antes, hay una barrera que humanamente es imposible de superar. Esta barrera existe por el hecho de que estamos separados de Dios. Cada ser humano es responsable de su propia separación.

Este alejamiento total existe porque existe la desobediencia a lo que Dios siempre ha querido que hagamos: sus preceptos, su voluntad. El desobedecer a Dios, el no hacer lo que el quiere que hagamos se llama pecado y nos descalifica para estar cerca de Él, como lo dice Romanos 3:23, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Algunas personas se han preguntado a lo largo de los años si acaso una persona buena no merecería pasar el resto de la eternidad con Dios, en el cielo. La respuesta es sencilla aunque podría engañarnos fácilmente. Sí, una persona buena sí pasará la eternidad en presencia de Dios. Lo engañoso de esta respuesta es que, de acuerdo a lo que dice la Biblia, no hay absolutamente ninguna persona buena en el mundo. Romanos 3:10 lo dice “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno”.

Tú me podrás decir, “Pero, yo soy buena persona, siempre busco ser un buen ciudadano, nunca he matado a nadie y jamás he estado en la cárcel”. Todos cometemos este mismo error, el de compararnos con los demás y, al hacerlo, claro que encontraremos personas peores que nosotros, pero recuerda que también habrá personas mejores. No mi amigo, la comparación, si quieres comprobar que no hay ni una sola persona buena, se debe hacer usando los parámetros y estándares que el mismo Dios ha fijado; los diez mandamientos.

Hagamos un ejercicio rápidamente.

El noveno mandamiento dice que no debemos mentir (Éxodo 20:16). Te pregunto: ¿has dicho, alguna vez en tu vida, una mentira? No importa si opinas que es “blanca” o “piadosa” o “pequeñita”, solo responde si alguna vez has dicho una, aunque sea una sola mentira… Lo sabía. Y es que todos mentimos, ¿no es cierto?

El octavo mandamiento dice que no debemos robar (Éxodo 20:15). Te pregunto: ¿alguna vez has robado? Seguro que en este momento me estarás diciendo, “Oye, oye, yo no soy ningún ratero, nunca he robado nada”. No te ofendas, permíteme cambiar la pregunta original por otras diferentes: ¿alguna vez has realizado alguna actividad en tus horas de trabajo, que no sea una tarea por la que tu contrato laboral especifique que te están pagando? ¿Tal vez salir a desayunar sin permiso? ¿Hacer llamadas telefónicas sin autorización? ¿Llevarte un lápiz, un cuaderno, un borrador, algunos clips? ¿Verdad que algo de esto has hecho alguna vez? Y si no trabajas, ¿alguna vez te quedaste con el cambio de algún mandado o encargo? ¿Alguna vez te llevaste un juguete que no te pertenecía? ¿Has copiado alguna tarea o en algún examen? ¿Has tomado alguna pertenencia, por pequeña que sea, que no sea tuya? Todos estos asuntos bien caben en la definición de “robo”. ¡Vamos, se honesto contigo mismo!

Ahora uno más complicado. El séptimo mandamiento dice que no debemos cometer adulterio (Éxodo 20:14). Claro, tal vez nunca has tenido relaciones con alguien casado (o tal vez sí). Pero fíjate que Jesús dijo que si miramos a una mujer (o una mujer a un hombre) y la codiciamos (tenemos pensamientos lujuriosos, o sea, de deseo sexual) ya hemos cometido adulterio en nuestro corazón (Mateo 5:28). Bajo esta definición, ¿podrías decir que nunca, jamás en tu vida, en ningún momento, has tenido malos pensamientos, pensamientos sexuales al mirar a una persona del sexo opuesto?

El último. El sexto mandamiento dice que no debemos matar (Éxodo 20:13). Tal vez jamás hayas ni siquiera tenido un arma en tus manos, pero Jesús dijo que aquél que se enojara e insultara a su hermano (que lo odiara), sería culpable de juicio, tal como si hubiera cometido homicidio (Mateo 5:22). ¿Te has enojado y has insultado y odiado a alguien?

Perdona la crudeza, pero la verdad es necesaria, sobre todo si necesitamos entender la barrera que nos impide conocer y disfrutar del propósito que Dios ha planteado para nuestras vidas.

En este ejercicio solo consideramos cuatro de los diez mandamientos que originalmente Dios nos dio para establecer sus estándares de moral y comportamiento y, si has sido honesto, seguro que al menos uno de ellos, si no los cuatro, has roto, igual que cada uno de los seres humanos que han habitado y que habrán de habitar este planeta. Esta es la razón por la cual estás separado de Dios, porque delante de sus ojos, eres pecador y has desobedecido sus mandamientos. Me dirás: “¡Pero si solo he fallado en uno!”. Fíjate que también la Biblia es clara en ese tema. Dice en Santiago 2:10 que si hemos roto uno solo de los mandamientos, entonces somos culpables de haberlos roto todos.

Ahora bien, hagamos un ejercicio más. Imagínate que cada día rompemos tres veces alguno de los mandamientos (mentimos, nos robamos unos minutos de nuestro trabajo, copiamos en la escuela, miramos con deseos a alguna persona, etc.). Tres veces por día solamente. Si comenzaste a pecar a la edad, digamos solo como ejemplo, de dos años, cuando hayas alcanzado los 22 años de edad, habrás superado por mucho la cantidad de 20,000 pecados. ¡Veinte mil!

Realmente no era necesario ninguno de los dos ejercicios anteriores porque ya Dios lo había dicho en Romanos 3:23: “todos pecaron” y “están destituidos de la Gloria de Dios”, es decir, que como somos pecadores, no nos alcanza nuestra condición ni nuestros méritos para estar en presencia de Dios. No podremos entrar al cielo y nuestro destino final será el infierno. ¡Esta es la gran barrera: somos pecadores!

Bajo estas condiciones, si murieras hoy, en este momento, llegarías a la presencia de Dios siendo pecador (mentiroso, ladrón y tal vez adúltero y homicida en tu corazón). Si Él te juzgara bajo sus parámetros de moral y de justicia, ¿cómo crees que te declararía? ¿Culpable o inocente?

¡Culpable! Y estarías condenado; lo vemos claramente en Romanos 6:23 “Porque la paga del pecado es muerte”.

La Esperanza

Pero ¿no te dije que había esperanza? ¡Claro que la hay! Dios ama a toda la humanidad. De hecho nos ama a cada uno de nosotros y si solo existieras tú en el mundo, Dios de todas formas te amaría con un amor que jamás llegarás a comprender. Estas son las buenas noticias. Que Dios te ama tanto, que ha preparado la forma en que puedas ser declarado NO culpable. ¡Sí, es verdad!

¿Sabes cómo es posible esto? Es posible solamente porque Jesús vino al mundo. Si leemos la segunda parte de Romanos 6:23, dice “más la dádiva[regalo] de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Y es que Jesús, siendo Dios, vino al mundo a vivir una vida perfecta con una misión específica: morir en la cruz del calvario para pagar el precio de la muerte que merecíamos. ¡El murió en lugar nuestro! Él no tuvo pecado alguno y no merecía morir, pero entregó su vida voluntariamente (Juan 10:17-18) para satisfacer la justicia de Dios. Pero no pienses que se quedó muerto en la tumba, no; al tercer día se levanto de entre los muertos. ¡Resucitó y está vivo!

Así que Jesús vino al mundo y murió en lugar nuestro para hacer posible nuestra relación con Dios. Solamente a través de su sacrificio y el derramamiento de su sangre, el perdón de nuestros pecados, nuestra nueva relación con Dios y la vida eterna son posibles (Romanos 5:8-10).

El hecho de que fuera necesario que Jesús muriera en la cruz en lugar nuestro nos muestra la condición tan precaria y desesperada en que se encuentra nuestra vida. Siempre decimos que fueron algunos judíos y algunos romanos los que crucificaron a Jesús hace unos dos mil años. Pero en realidad, fueron nuestros pecados, fueron tus pecados los que pusieron a Jesús en esa cruz para que muriera como un criminal, pagando el precio de una culpabilidad que no era de Él sino tuya. En Isaías 53:5 leemos “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”.

Pero en vez de sentirte culpable por la muerte de Jesús, lo que Dios quiere es que te sientas culpable de tus pecados y te arrepientas y entiendas que no fueron los clavos los que fijaron a Jesús en la cruz, sino su amor y el amor del Padre los que lo mantuvieron fijo en ella hasta que entregó totalmente su vida. ¡No hay mayor demostración de amor! Juan 3:16 dice que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” y en Romanos 5:8 dice “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Dios quiere que te arrepientas de tu camino de pecado, que estés agradecido por el sacrificio de Jesús y que entiendas cabalmente el propósito que ha marcado para tu vida.

No hay nadie más a quien podamos recurrir para obtener la vida eterna. Nadie más puede perdonar nuestros pecados, simplemente porque nadie más que Jesús, ha pagado el precio de nuestro castigo muriendo en la cruz y resucitando al tercer día para darnos vida eterna. Jesús dijo “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6) y en Hechos 4:12 leemos “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

Los Requsitos

El propósito de tu vida es vivir en presencia de Dios ahora y por la eternidad, honrándole, adorándole y amándole. Bien, y entonces ¿qué vas a hacer ahora? O quizás la pregunta debería ser: ¿Qué vas a responderle a Dios? ¿Qué vas a hacer con Jesús?

Debe quedarte muy claro que aunque la salvación y la vida eterna son un regalo de Dios, el precio que Jesús pago por ello fue tan elevado, que solamente Él, el Hijo de Dios podía cubrirlo. Y aunque es un regalo, finalmente es tu decisión. Como cualquier regalo tú puedes aceptarlo o rechazarlo. Solo tienes dos opciones, no hay alternativa intermedia: O lo aceptas o lo dejas a un lado. O tomas el regalo o te resignas a las consecuencias. Tú decides.

Me preguntarás ¿Pero qué es lo que puedo hacer? ¿Cómo puedo responder? Bien. Hay dos cosas que debes hacer, ahora que ya conoces tu condición y que entiendes cuál es la barrera que te impide disfrutar de tu propósito:

Primero. Has descubierto cual es tu verdadera condición ante los ojos de Dios. Tienes que reconocer que eres pecador y que esto es lo que te ha separado de Él. Necesitas arrepentirte. No basta haber descubierto tu condición como pecador. No basta decir que crees en Jesús. Esto no basta para ser perdonado y tener la vida eterna. Es necesario que des una vuelta de 180 grados. Debes cambiar radicalmente de rumbo. Arrepentirse es sentirse avergonzado y triste por ser pecador, por ofender a Dios y estar dispuesto, por voluntad propia, con humildad y sinceridad, a no seguir ofendiendo a Dios, a no seguir pecando. Por eso es necesario tomar la determinación de dar la media vuelta y dejar la vida de pecado y ofensa a Dios y comenzar a caminar por la senda que Dios quiere que andemos. Necesitas confesarle a Dios todos tus pecados y pedirle perdón por ellos. Así que es necesario arrepentirse, querer caminar en dirección a Dios.

Segundo: Debes creer que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mismo hecho hombre y que vino al mundo a vivir una vida perfecta, sin pecado, con el objetivo específico de morir en la cruz para pagar el precio del castigo que tu pecado te hacía merecer: la muerte eterna; el infierno. Debes creer que al derramar su sangre en la cruz estaba proveyendo el perdón para tus pecados. Tienes que creer que al tercer día resucitó, se levantó de los muertos, venciendo a la muerte y garantizándonos la vida eterna. Creer en esto es lo que se llamatener Fe en Jesús. Es necesario que reconozcas a Jesús como el Señor (Dueño y Rey) de tu vida y de todo lo que existe: que le confieses como EL SEÑOR y como tu Salvador, personal, único, suficiente.

Pero, ¿cómo haces estas dos cosas?
De viva voz, hablando directamente con Dios en oración, con humildad y sinceridad de corazón.

Y entonces, al haberte reconocido como pecador, al haberte arrepentido de tu forma de vida de desobediencia, al haber puesto tu fe en Jesús como el único que puede salvarte por su muerte en la cruz en lugar tuyo y al confesar y declarar a Jesús como el Señor, estás aceptando el regalo de amor de Dios: estás siendo perdonado y recibes así la vida eterna. Esto se conoce como “nacer de nuevo” pues el “viejo hombre o mujer” dan paso a una nueva criatura, como dice en 2a Corintios 5:17 “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Es importante que entiendas que Él y solo Él es tu Señor y Dueño y que sólo Él puede ser tu Salvador: único, suficiente y personal. Nada ni nadie, ni otras personas, ni alguna imagen, ni las buenas obras aparte de Él, pueden perdonar tus pecados y darte la vida eterna. Dice en Efesios 2:8-9 “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don [regalo] de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

¿Qué sucederá si cumples con estos requisitos?

La Garantía

Primero, eres justificado. Para comenzar, tus pecados son perdonados. Dice en 1a Juan 1:9 “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. En Romanos 5:1 dice: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Esto significa que ahora Dios te ve como una persona limpia que puede estar en su presencia por la eternidad. Esto es posible gracias al perdón de nuestros pecados que Jesús nos provee a través de su muerte en la cruz. Es solo a través de la fe en Jesús que somos considerados por Dios como no culpables, somos justificados.

Segundo, eres transformado. Dios te da una nueva naturaleza, eres una nueva persona con una perspectiva totalmente renovada. Tu vida adquiere un propósito real. ¿Recuerdas 2a Corintios 5:17? “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Ahora es cuando el propósito de tu vida que comentamos antes comienza a hacer sentido pues tu vieja vida ha caducado; ahora le perteneces a Dios.

¿Y sabes qué más hace Dios por ti?
Él te garantiza la vida eterna en el cielo en su presencia, como leemos en Juan 3:36: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. Además eresadoptado como hijo de Dios. Efesios 1:5 dice que somos adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo. También en Efesios, en el capítulo 2 versículo 19 leemos: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”. Habiendo sido enemigo de Dios, ¡ahora puedes ser parte de su familia!

La Respuesta

La Biblia dice en Romanos 10:10 que “con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”, por lo que debemos decirlo de viva voz. La forma de hacerlo es a través de una oración. Orar es hablar con Dios y es la forma que nos comunicamos con Él y también es la forma en que le confesamos nuestro arrepentimiento y nuestra fe en su Hijo Jesús.

Permíteme hacerte tres preguntas.

  • ¿Reconoces que eres pecador?
  • ¿Has comprendido que ahora debes aborrecer el pecado y que debes amar la voluntad de Dios?
  • ¿Crees que Jesús murió en la cruz derramando su sangre para perdonar tus pecados?

Si respondiste “Sí” a las tres preguntas, permíteme decirte algo más. En Romanos 10:9-13 dice:

que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.
Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.
Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.
Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan;
porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

Te pregunto ahora: ¿crees con todo tu corazón que Jesús murió por ti y que resucitó, te arrepientes de tu vida de desobediencia a Dios, quieres ahora seguirle a Él y hacer su voluntad y deseas confesarle tus pecados y pedir su perdón, deseas confesar y declarar a Jesús como tu Señor y Dueño sabiendo que Él es el único que puede perdonar tus pecados y salvarte de la condenación eterna?

Si tu respuesta es “Sí”, entonces te invito a que hagas lo siguiente: Busca un lugar tranquilo y de rodillas, habla con Dios y dile todo esto que has entendido y que ahora sabes que debes hacer. Reconoce delante de Él que eres pecador y confiésale todos y cada uno de los pecados que puedas recordar. Dile que estás arrepentido de la vida que llevas lejos de Él y que deseeas obtener su perdón; que entiendes que solamente Jesús, al haber muerto en la cruz y derramado su sangre, puede limpiarte de todo pecado y darte la vida eterna; que has puesto toda tu fe en Él. Dile que confiesas y declaras que Jesús es tu Señor y Dueño.

Sí has hecho lo anterior, ¡Aún hay más buenas noticias! Haz clic aquí y continúa leyendo.

Ahora bien, si aún tienes dudas…
Si hay algo que todavía te impide tomar la decisión de aceptar el regalo de Dios, entonces te pedimos que no te vayas de este sitio sin antes aclarar todas tus dudas. Haz clic aquí y ponte en contacto con nosotros. Escríbenos tus dudas y preguntas junto con tu nombre y correo electrónico y a la brevedad estaremos en contacto contigo. No dejes para después esta decisión que es la más importante de tu vida. Hoy estás aquí, leyendo pero mañana… quién sabe; nadie tiene comprada la vida. Diariamente unas 150,000 personas mueren; cualquiera de nosotros puede estar hoy entre ellas. Decídete ya.